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jueves, 2 de septiembre de 2010

Para que no canten ellos.

Acá estoy otra vez. Hablé de Anne Sexton y del destino atroz de algunas mujeres poetas (sé que debería escribir "poetisa" pero, al fin y al cabo, este es mi mundo de palabras y uso las que quiero), poetas destrozadas por la sociedad, poetas que nunca pudieron perdonarle a la vida el haberlas hecho vivir; poetas que naciendo, ansiaron la muerte tanto, tanto, que no pudieron esperarla y fueron a su encuentro. Es el caso de Alejandra Pizarnik.
Estuve charlando con una tuitera brasileña @_Nuitt sobre Pizarnik y pensé en que podía seguir escribiendo sobre las poetas suicidas. Se suicidó, con pastillas, en el 72, luego de una temporada en un neuropsiquiátrico. Se mató porque la vida le quedaba grande y se cansó de esperar que se acoplara a ella. Fanática de Warhol, andrógina, enamorada de la mujer de Bioy Casares, Silvina Ocampo (ya hablaré de ella), derrochó su vida en torrentes de tinta que igualaban a la sangre y que competían con las lágrimas.
A Pizarnik hay que entenderla, nació Flora y se autobautizó Alejandra, ¿Cómo puede adaptarse a Buenos Aires alguien que ni siquiera está contenta con su nombre?
No la culpo. No fue fácil ser Alejandra Pizarnik. Buscó en el arte y en la música lo que el amor y las caricias no pudieron darle: una compañía, la calma, la posibilidad de entenderse a sí misma. No. No fue fácil ser Alejandra Pizarnik.
Veamos:

a Ester Singer

Vida, mi vida, déjate caer, déjate doler, mi vida, déjate enlazar de fuego,
de silencio ingenuo, de piedras verdes en la casa de la noche,
déjate caer y doler, mi vida.

¿Se puede dudar del dolor que expresa ese yo lírico que desea caer, doler, consumirse en el fuego, desaparecer en el silencio que está construido de piedras? Le ruega a la vida, no la vive. La mira desde afuera y tal vez trata de abarcarla en el momento final en que la muerte/casa-de-la noche la acoja para siempre. Paradoja interesante: será vida cuando sea muerte.


Cantora nocturna

Joe, macht die Musik von damals nacht...

La que murió de su vestido azul está cantando.
Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad.

Adentro de su canción hay un vestido azul, hay
un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado
con los ecos de los latidos de su corazón
muerto.

Expuesta a todas las perdiciones, ella
canta junto a una niña extraviada que es ella:
su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la
niebla verde en los labios y del frío gris en los
ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre
la sed y la mano que busca el vaso.

Ella canta.

Si no estuviera hablando de una que canta a la muerte, estos versos serían un himno a la esperanza. Los colores saturan los versos: el azul del vestido, el amarillo del sol, un caballo blanco. Aparece el verde que corre por entre los versos y toma fuerza en las palabras, hasta que, repentinamente... cae el gris de la tristeza, de la confusión, de la lluvia, de la agonía; los labios se vuelven verdes con el verde de la muerte y entra en escena, la vida; que no alcanza, que nunca fue suficiente.
La necesidad de existir que es como la sed. La intención de la muejer-que-canta es saciar la sed bebiendo agua. pero la mano no llega y se acaba el poema antes de que sea capaz de lograrlo. La intención es hacerse dueña de la existencia pero termina el poema y definitivamente, no lo ha logrado. El yo lírico queda en una eterna agonía, en el gesto de asir la nada, el aire, los sueños, la alegría, los colores, la música... Así que no le queda más que cantar. Un canto fúnebre que eriza la piel. Una melodía de ultratumba que surje por ella que no puede morir pero también por ella misma que murió en la forma de la niña.
Pizarnik. La que le canta a la muerte, la que canta para que no canten ellos, la que escribe para no morir, la que sabe que el amor es un imposible que la completaría pero que se le niega. Pizarnik la del vaso eternamente vacío, la viajera, la loca, la suicida.

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