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viernes, 28 de enero de 2011

¿Dónde está la luna?

Anoche, dentro de las horas de mi insomnio, estaba pensando sobre qué iba a escribir. Empecé varios textos que descarté, al final, incluso abandoné a Lorca y los Sonetos del amor oscuro para que se deshicieran en la papelera de reciclaje y me dormí.

Hoy seguía sintiendo la necesidad de escribir. La imperiosa necesidad de escribir y de pronto, me escuché tarareando una canción de María Elena Walsh. Una canción para niños que mi hijita de 3 años canta todo el tiempo… “yo lo escucho: Juan Poquito canta mucho” en ritmo de baguala. Un ritmo conocido para mí, para los niños argentinos pero Enna Lucía es ecuatoriana y pequeña, pequeña como una motita de algodón. Sin embargo, solita, descubrió la magia que María Elena Walsh despierta en la niñez.

Me recuerdo cantando, camino a casa del jardín a la edad de 3 o 4 años:

Osías el Osito en mameluco
paseaba por la calle Chacabuco
mirando las vidrieras de reojo
sin alcancía pero con antojo.
Por fin se decidió y en un bazar
todo esto y mucho más quiso comprar.
Quiero tiempo pero tiempo no apurado,
tiempo de jugar que es el mejor.
Por favor, me lo da suelto y no enjaulado
adentro de un despertador.
Quiero un río con catorce pececitos
y un jardín sin guardia y sin ladrón.
También quiero para cuando esté solito
un poco de conversación.
Quiero cuentos, historietas y novelas
pero no las que andan a botón.
Yo las quiero de la mano de una abuela
que me las lea en camisón.
Quiero todo lo que guardan los espejos
y una flor adentro de un raviol
y también una galera con conejos
y una pelota que haga gol.

Me imaginaba a ese oso que pedía imposibles  vestido de color naranja en un bazar infinito (al estilo de Borges), porque quería “todo lo que guardan los espejos”-

. Fue ahí y no antes ni después, cuando empecé a sentir este amor infinito por la palabra, por las letras, por los libros. Fue ahí cuando comencé a buscar la luna, lo que ella representa para los poetas, para los lectores. Aún no la encuentro, aún no la entiendo. Sólo la miro. La luna y las letras son lo mismo.

Cuando pasó el tiempo y fui tía,  cantaba con mis sobrinas las mismas canciones, que las sedujeron por igual. Éramos expertas en “pez de platino fino, finoooooo; ven a dormir en mi gorro marinooooo”, en “adivinador, adivina, adivina, adivinadooooor”. Canciones que cantábamos a todo pulmón a todo momento. Ya estábamos metidas de lleno en una realidad diferente, en la que jugábamos, imaginábamos cangrejos feos, tortugas paseanderas, monos que querían adiestrar a las naranjas, vacas que estudiaban en Humahuaca… Era nuestro mundo construido de palabras, en el que nos sentíamos cómodas admirando a  la mona Jacinta y cuidando que no se nos cayera la nariz dentro de una taza. Para eso es la literatura, nada más; para disfrutar de otra realidad, para jugar, para conocer otros mundos, para gozar de las metáforas y de la belleza, para establecer puentes, para gozar de las palabras.

Pienso en esto, mientras en mis oídos suena el eco de a voz de mi pequeña que canta:

Duermo en el aljibe con mi
camisón apolillado don dolon dolon
duermo en el aljibe con mi camisón
no son las polillas
son 10000 estrellas que se asoman
don dolon dolon
por entre los pliegues de mi camisón
cuando sale el sol
tengo que meterme en el aljibe
don dolon dolon
duermo en el aljibe con mi camisón
cuando yo aparezco
todos duermen y la araña teje
don dolon dolon
salgo del aljibe con mi camisón
a ver si adivinan
a ver si adivinan
quién es esta don dolon dolon

que esta en el aljibe con su camisón.

Y es ahí, cuando con mi Pedacito de Cielo y rulos, hablamos de aljibes y de lunas y de estrellas. Es entonces cuando siento que María Elena Walsh hizo mucho más que escribir poesía para niños, cuentos y teatro. Es entonces cuando descubro que su gran obra fue la de unir generaciones, la de introducirnos en el mundo de las letras, de los juegos de palabras, de la belleza, de las historias. Nos abrió la puerta para ir a leer/jugar.

María Elena Walsh falleció hace muy poquitos días, menos de 15 y pienso en ella como la guardiana de mi niñez y espero, como la compañera de la niñez de mi hija  que ya comenzó con su propia búsqueda de la luna.

sábado, 22 de enero de 2011

Macedonio y la muerte.

Macedonio… qué nombre para un escritor, poeta, abogado, linyera, filósofo, croto, crítico de la sociedad, un abandónico compulsivo de papeles y de obra, un iconoclasta literario (si se me permite el concepto).

Macedonio… leí por ahí que alguien lo definía muy académicamente diciendo que tenía un nombre poco común para un apellido común por demás: Macedonio Fernández. Estos días estuve leyéndolo y releyéndolo y tratando de entenderlo, claro, porque entenderlo no es fácil. A veces parece que la comprensión de sus ideas llega, que está ahí, al borde de las manos pero es mentira, Macedonio  no se deja atrapar, se escapa, se ME escapa y tengo que esforzarme en volver a él una y otra vez.

Vanguardista a ultranza, poco aplicado para escribir, cultor de la oralidad, homeless  por convicción. Respetado y admirado por Jorge Luis Borges, hacía filosofía y literatura o literatusofía… Inclinado a inventar palabras, inclinado a cambiarlas, buscador de la emoción por sobre la técnica. Macedonio… el que creía que el humor y la emoción salvaban a la Literatura… Macedonio, sin más.

Leí algunos textos de él esta semana y algunos poemas. De entre todos me quedé largo rato reflexionando en uno:

HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
Adonde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero el vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.

Qué extraña manera de definir la muerte. La muerte no es ese espacio definitivo y total que nos lleva al dejar de ser. La muerte para él, morir es ser olvidado, ignorado, no- visto, entrar en las sombras.

Comienza con un pedido No me lleves a sombras de la muerte Adonde se hará sombra mi vida, Donde sólo se vive el haber sido. En estos primeros versos, aparece un yo lírico sufriente y un claro tú, la amada o la desenamorada, pero en todo caso, es la causante de la agonía en la que se haya sumergido. Ese pedido tiene una justificación inmediata No quiero el vivir del recuerdo. Es una justificación teñida de dolor, el sufriente queda expuesto, casi como un niño caprichoso… no quiero el vivir del recuerdo. Le parece (y me parece) espantosa la idea tan solo de pensarlo: estar sin ella y con su presencia como un recuerdo persistente, lo que lo convertirá en un ser más solitario aún después de ella, más vulnerable, más pequeño; porque la tuvo y conoció el amor y la vida, la luz y la felicidad. Sin que ella lo mire, se transformará en sombra y adquirirá sus características: oscuridad, una figura de la realidad (muy Platón), una forma, una mancha, sin contornos definidos, que puede ser pisado, que se modifica y que desaparece con la luz directa.

Esa justificación dolorosa va ganando en intensidad y se vuelve súplica: Dame otros días como éstos de la vida. Oh no tan pronto hagas De mí un ausente Y el ausente de mí. Súplica pura… no hagas de mí un ausente, no tan pronto, no todavía, no aún…. Suplica. Déjame vivir porque vivir significa estar en tu presencia. Déjame ser completo porque ser es estar ante tus ojos. Ser, estar, existir eso es lo que suplica. Es extraño porque es una súplica moderada, con tintes filosóficos que terminan en un ¡Que no te lleves mi Hoy! Quisiera estarme todavía en mí. Interesante, porque dentro del dolor, de la angustia se detiene a reflexionar. El tempo del poema se detiene. Lo vemos al yo lírico detenido tal vez sentado pensando, quieto, deseando. Quisiera estarme todavía en mí, retrasar el tiempo de volverse nada, porque sabe que eso ocurrirá. Sabe que cuando ella deje de mirarlo, -no el proceso físico de mirar, claro está- sino el mirar desde el corazón, desde la singularización del ser amado, desde el momento en que dos seres se encuentran para verse sin necesidad de los ojos pero con la necesidad de los cuerpos y las manos. Cuando ese mirar no exista más, él tampoco.

Casi al final aparece la tesis y una definición:  Hay un morir si de unos ojos Se voltea la mirada de amor Y queda sólo el mirar del vivir. Es el mirar de sombras de la Muerte.
Si el mirar del amor desaparece, ese de las manos y los cuerpos y en su lugar la amada deja de singularizarlo, de destacarlo, de volverlo uno y único para transformarlo en uno más. Si lo ve, mecánicamente, como todos los demás lo ven; lo convierte en hombre, lo convierte en nada, lo asesina. Des-singularizarlo es entregarlo a las sombras de la muerte. Y entonces, ya casi resignado, moribundo termina exclamando para apoyar su tesis No es Muerte la libadora de mejillas, Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes. Los ojos siguen mirando, no dejan de mirar, continúan con su labor pero ya lo ven sin el filtro que lo volvía quien era: un ser amado. Ahora, sin sus ojos enamorados no es más que una oscura sombra de la muerte o de la vida sin ella que es igual que morir.

Macedonio… nacido en 1874, vanguardista sin ganas, revolucionario de las letras sin vocación, caudillo sin deseo de seguidores, filósofo de café, maestro de la realidad, incomprendido y olvidado. Macedonio el de la belleza y la emoción, el del nombre que sugiere flores y colores y poesías. Al que no entiendo del todo, el que me atrae, el que me sobrepasa, el que me emociona. Macedonio… qué nombre tan poético para un mundo en el que cada vez hay menos poesía.

jueves, 20 de enero de 2011

Vuelvo en el instante de la eternidad.

Volver a la escritura desde el silencio, desde la ciclotimia de la palabra escrita, desde la ausencia de mí. Volver…

Siempre se vuelve. La vida es un eterno retorno, la literatura es un eterno retorno a tópicos que se toman una y otra vez, a libros que se vuelven a leer bajo la luz de otras circunstancias. Volvemos siempre porque en realidad no nos vamos nunca.

Es parte de la esencia humana no permitirse la partida definitiva, los adioses totales. Permanecemos en la memoria de los otros, permanecemos en un texto escrito en alguna libreta olvidada, en un recuerdo fraccionado o reconstruido. Somos eternos. Mientras alguien nos recuerde somos eternos, mientras llevemos a alguien en el corazón somos eternos, mientras conozcamos el sentido del amor y de la muerte somos eternos.

Borges dice:

Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados

espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.”

Y yo aseguro que entre el alba y la noche hay una eternidad que dura un día. Una eternidad que nos permite la desolación o la gloria, que nos escupe en la cara o nos da una palmada en la espalda. Somos eternos en la fugacidad, en la profundidad del instante. Mi eternidad dura lo que el recuerdo de mí, lo que el momento, el segundo en que me descubro como humana y como diosa o como insignificante.

También creo que la eternidad de los segundos nos modifica, como dice Borges, el rostro que se mira en los gastados espejos de la noche no es el mismo. No soy la misma ni aún desde que empecé a escribir esto. Soy otra, que se metamorfoseó infinitamente desde que enunció: Volver desde el silencio… Soy otra que flotó por un momento en la inmensidad del pensamiento, en la profundidad de la abstracción y volvió más cansada y más triste a aceptar que su eternidad es una eternidad privada, llena de contradicciones.

Sigue Don Jorge Luis y dice. el hoy fugaz es tenue y es eterno y siento una profunda conmoción porque él me entiende. Dos adjetivos unidos por la conjunción aditiva dan como resultado la igualdad de los términos tenue y eterno para que ninguno de los dos pierda importancia.  Nuestra eternidad está hecha de la suma de eternidades, imperceptibles, tenues. Sólo nos queda el momento, el hoy: el de la copa de vino compartida; el del silencio de la noche que trae insomnio y a veces, paz; el de una sonrisa; el de una palabra susurrada o sugerida con los ojos.

Y para cerrar firmemente su sentencia, tal vez cruel: otro Cielo no esperes; ni otro Infierno. Otra vez la conjunción negativa esta vez, que reafirma los dos términos equivalentes: cielo e infierno. La nada. La eternidad no es una época de limbo interminable, de permanencia en un estado que no cambia. No hay nada después de todo eso. Nada. La eternidad no es más que esto que somos, que este momento en que escribo y me lees. La eternidad nos hace dioses porque somos dueños, hacedores de instantes, reyes de momentos, gobernantes de la fugacidad.