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viernes, 1 de octubre de 2010

la celebración de la celebración.

Estuve triste y alejada. Las palabras no eran suficientes para drenar mi tristeza, para que se decantara gota a gota. Estuve triste, sí, y sólo pensaba desde la tristeza. Fue entonces cuando vino a mi mente un maestro de maestros. El escritor que escribe para mí. El que conocce cómo me gustan que sean las palabras y las escribe como yo quiero, el que inventa historias y cuenta otras que vio, que vivió, que sufrió con cada centímetro de su cuerpo.
Me refiero a Eduardo Galeano, al que América le sangra como una herida abierta. Eduardo Galeano, el itinerante, el que conoció todo mi continente a causa del sufrimiento de un Uruguay en llamas, de una Argentina ciega de odio que le escupió en la cara.
Siempre me emociona y no importa cuántas veces lo lea, no dejo de maravillarme con sus abrazos o con sus memorias del fuego o con las palabras suyas que danzan y danzan.

Tenían las manos atadas o esposadas, y sin embargo los dedos danzaban. Los presos estaban encapuchados: pero inclinándose alcanzaban a ver algo, alguito, por abajo. Aunque hablar, estaba prohibido, ellos conversaban con las manos.

Pinio Ungerfeld me enseñó el alfabeto de los dedos, que en prisión aprendió sin profesor:
-Algunos teníamos mala letra -me dijo-. Otros eran unos artistas de la caligrafía.

La dictadura uruguaya quería que cada uno fuera nada más que uno, que cada uno fuera nadie; en cárceles y cuarteles y en todo el país, la comunicación era delito.

Algunos presos pasaron más de diez años enterrados en solitarios calabozos del tamaño de un ataúd, sin escuchar más voces que el estrépito de las rejas o los pasos de las botas por los corredores. Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, condenados a esa soledad, se salvaron porque pudieron hablarse, con golpecitos a través de la pared.

Así se contaban sueños y recuerdos, amores y desamores: discutían, se abrazaban, se peleaban; compartían certezas y bellezas y también compartían dudas y culpas y preguntas de esas que no tienen respuestas.

Cuando es verdadera, cuando nace de la necesidad de decir, a la voz humana no hay quien la pare. Si le niegan la boca, ella habla por las manos, o por los ojos, o por los poros, o por donde sea. Porque todos, toditos, tenemos algo que decir a los demás, alguna cosa que merece ser por los demás celebrada o perdonada.

(Eduardo Galeano - "El libro de los abrazos)


Este es uno de mis abrazos preferidos. Uno de los textos que más profundamente me emocionan, sobre todo en estos tiempos en que todo se repite, en que la libertad se juega al mejor postor cada día, en que la comunicación es una jerigonza de unos pocos, en que nadie entiende lo que el otro dice, Galeano celebra a la voz humana. Siempre hay otro que quiere escucharnos, leernos, abrazarnos, sentirnos. Siempre hay otro al que le interesa lo que decimos por más simple o intrascendente que sea. A esos prefiero. A los que no necesitan grandes discursos para conectarnos, a los que una palabra les basta para entenderme. Prefiero, incluso, a los que se comunican conmigo a través de un abrazo, de un silencio, de una caricia, de una mirada sonriente.
Es cierto que necesitamos comunicarnos porque si no, no nos salvamos. Es cierto que necesitamos la voz de otro que nos saque de la angustia o nos acaricie desde la distancia. Yo creo en la voz del hombre. Yo creo en la fuerza de las palabras. Yo creo en que hay tanto que deben perdonarme como tanto que debo celebrar. Tengo mucho aún para decir y mucha más tristeza para drenar; tengo muchas preguntas que buscan respuestas y muchas más dudas que encontrarán sentido cuando pueda comunicarlas. Por ahora la comunicación no es un delito explícito y celebro eso.

2 comentarios:

  1. Es uno de mis textos favoritos también... te dejo un video que cuenta una historia donde la comunicación juega su rol: http://www.youtube.com/watch?v=uy0HNWto0UY

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  2. Gracias, Enzo!!! Me pareció un corto precioso, precioso! Me hiciste un regalo con ese link! Gracias.

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