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viernes, 12 de mayo de 2017

Espectro de placeres

La  poesía me asalta últimamente. Todo se vuelve palabra figurada, metáfora. 
Busco intensamente un lenguaje diferente al cotidiano: el lenguaje de todos los días me produce hastío (hastío... ¡qué palabra tan hermosa!).
Ayer buceé en los poemas de Cristina Peri Rossi. Aún estoy mareada de tanta belleza, sus palabras continúan retumbando en mí cerebro -y en mi corazón-. ¿Cómo se logra tanta delicadeza en la elección de los vocablos? ¿Cómo se logra tanta suavidad en las imágenes? ¿Tanta lucidez en las ideas? 
Me gusta su ternura violenta, su sucia inocencia, su volcánica  mirada de las pasiones humanas. Leerla es como presionarse un moretón y sentir un  dolor agradable.
Cuando miro su foto creo que la he visto antes. Tal vez la soñé recitando bellezas, tal vez la recuerdo de las fotos con Cortázar, tal vez la imaginé detrás de tanto mar y tanta literatura...
Y si la viera, seguramente no me animaría a hablarle, ni a acercarme, tiene ojos de poder notar la estupidez humana...
Un poema suyo en particular quedó rondando por mi cabeza: 
Las palabras son espectros
Las palabras son espectros 

piedras abracadabras 
que saltan los sellos 
de la memoria antigua 

Y los poetas celebran la fiesta 
del lenguaje 
bajo el peso de la invocación 

Los poetas inflaman las hogueras 
que iluminan los rostros eternos 
de los viejos ídolos 

Cuando los sellos saltan 
el hombre descubre 
la huella de sus antepasados 

El futuro es la sombra del pasado 
en los rojos rescoldos de un fuego 
venido de lejos, 
no se sabe de dónde. 

La palabra nunca será suficiente, siempre será un espectro de lo que realmente el poeta quiere expresar; sin embargo, espectro y todo es capaz de hablar en este mundo y con esa boca (diría Olga Orozco). Siempre, la palabra funcionará como un ancla que se estanca en un momento o como un hilo de acero que nos lleva al pasado. Palabras abracadabras, dice; mágicas, poderosas, digo.
¡Qué sería de mí sin los poetas y sus fiestas, sin sus orgías con las sílabas, sus aquelarres con el lenguaje! ¡Qué sería de mí sin el consuelo de sus ideas! 
Eso lo entiende Peri Rossi por eso creo que me habla directamente, asestando sus palabras como dagas en mi frente, como balas en mi alma, como la lengua sobre mi vientre marchito.
El fuego rojo de la palabra, el rescoldo del sentido, la sombra del olvido, los sellos que guardan secretos... Todas esa imágenes se vuelven símbolos y los disfruto, los paladeo como un placer venido de lejos, no se sabe de dónde.

jueves, 4 de mayo de 2017

Cuando el rayo no cesa


Y otro año llegó y yo me quedé en silencio por un tiempo. Muchas veces me ha pasado. La escritura es un trabajo agotador e intenso. Esa intensidad es una carga de la que quiero escapar. Y escapo. Y después vuelvo. No puedo vivir sin la escritura y sin la lectura. No puedo vivir sin los libros. 
Si escribir no fuera tan doloroso y sentarse a "desgajarse entre líneas" como diría Cortázar no fuera un sangrar constante de tinta y angustia... Si escribir no fuera esto que es, que soy.
Escribir y esconder. Escribir y tapar. Escribir y engañarse con la idea de que "ya será tiempo, ahora no" y en el fondo entender con toda claridad que ese tiempo jamás llegará.
Las palabras crean mundos. Hacedores, como diría Borges; padecientes, diría yo. 
Sin embargo la escritura es como una tormenta, es el rayo de Miguel Hernández que ni cesa, ni deja de hacer daño pero a la vez, en completo oxímoron, consuela y engrandece, así lo dijo él:

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

Señores, el rayo que me parte, la escritura, es el rayo que a veces me convierte en la criatura de Victor Frankenstein y otras, simplemente, me fulmina.