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viernes, 30 de diciembre de 2011

Final de músicas, final de árboles.

El mundo que me rodea grita con luces y estridencias que se acaba el año. Imagino que el bullicio, la fiesta incesante deben profundizar la depresión de los naturalmente depresivos. Más allá de risas o de lágrimas, el hecho, la evidencia, la realidad demuestra que diciembre agoniza y con él, el año.

Todo tiene sabor a final. Sin embargo, considero que la vida está hecha de innumerables finales prácticamente diarios; pienso incluso, que está construida de infinitas muertes, de impredecibles  ocasos.   Nuestra actitud ante lo que se acaba es lo que nos define: sentarnos a llorar con la cabeza entre las rodillas; ver lo que se acaba con indiferencia pasmosa, como si le ocurriera a otro; vivir el final conscientemente y entenderlo en su maravillosa naturaleza o negar… Será lo que queramos que sea.

Como siempre, la poesía me guía para poder  entender lo que siento y a veces no puedo abarcar. Me guía en interpretar lo que no puedo materializar de otra manera. Las palabras son las que se se vuelven reflexión sin perder su belleza. Un escritor mexicano, Jaime Torres Bodet, es el que seleccioné para pensar en los finales:

FINAL

Vuelvo de andar, a solas, por la orilla de un río.
Estoy lleno de músicas, como un árbol al viento.
He dejado correr mi pensamiento
viendo, en el agua, el paso de una nube de estío...
Traigo tejido al alma el olor de una rosa.
En lo blando del césped, puse, al andar, mi huella...
He vivido, ¡he vivido!... Y voy, como la estrella
a perderte en el mar de un alba silenciosa.

 

La idea inicial es una paradoja interesante: un poema que se titula FINAL pero que introduce como primer elemento el de un comienzo o recomienzo: vuelvo a andar.... Somos seres construidos de contradicciones y el yo lírico lo refuerza en esta primera imagen del enunciador paseando solo por la orilla del río. Solo, pero no solitario, está lleno de músicas, está feliz como un árbol al viento, está pleno, completo, acompañado del sonido vibrante de la vida. Este inicio, este paseo, esta soledad son el amanecer de una nueva época. Observa todo lo que lo rodea: el agua, una nube y deja que su pensamiento corra sin detenerse en nada, libre. Pienso en que puede ser la libertad de los procesos terminados, la paz de los cierres bien hechos.

Súbitamente, acompañado del aroma de la belleza representado en la rosa, reafirma su existencia. Ve su huella y la reconoce como propia, es un acto revelador en que toda su humanidad, su pasado, su razón se ven representados: tengo huella, por lo tanto soy, existo y he vivido. La alegría lo embarga, es un ente que entiende que ser lo que es depende necesariamente de los caminos transitados, de los laberintos resueltos. Y en ese instante, con su conocimiento adquirido y su alegría reconquistada se siente con la fuerza necesaria para cerrar el último eslabón que queda suelto. Ahora, partiendo de su interior y volviendo a él es capaz de decir: voy a perderte en el mar de un alba silenciosa. Este y no otro es el momento del final. Este en que está dispuesto a hacer el último sacrificio, el que lo ayudará a recomenzar.

A veces los sacrificios son necesarios para volver a andar y no tienen por qué ser dramáticos o tristes. Son finales, son lo que son. Nuestra actitud es la que les da el valor que nos alegre o nos suma en la más profunda de las tristezas. Los finales son necesarios, saludables. Me corresponde elegir, decidir cómo quiero terminar mi año… Entonces, yo elijo el final de mi año como escribe Torres Bodet: lleno de músicas, como un árbol al viento.