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jueves, 4 de mayo de 2017

Cuando el rayo no cesa


Y otro año llegó y yo me quedé en silencio por un tiempo. Muchas veces me ha pasado. La escritura es un trabajo agotador e intenso. Esa intensidad es una carga de la que quiero escapar. Y escapo. Y después vuelvo. No puedo vivir sin la escritura y sin la lectura. No puedo vivir sin los libros. 
Si escribir no fuera tan doloroso y sentarse a "desgajarse entre líneas" como diría Cortázar no fuera un sangrar constante de tinta y angustia... Si escribir no fuera esto que es, que soy.
Escribir y esconder. Escribir y tapar. Escribir y engañarse con la idea de que "ya será tiempo, ahora no" y en el fondo entender con toda claridad que ese tiempo jamás llegará.
Las palabras crean mundos. Hacedores, como diría Borges; padecientes, diría yo. 
Sin embargo la escritura es como una tormenta, es el rayo de Miguel Hernández que ni cesa, ni deja de hacer daño pero a la vez, en completo oxímoron, consuela y engrandece, así lo dijo él:

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

Señores, el rayo que me parte, la escritura, es el rayo que a veces me convierte en la criatura de Victor Frankenstein y otras, simplemente, me fulmina.



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