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lunes, 20 de febrero de 2012

De pájaros y de jaulas.

 

Adoro Japón. Confieso. Lo adoro por lejano, por mítico, por diferente, porque está ligado a mis amigos de la infancia. Adoro Japón. Amé la película PERDIDOS EN TOKIO, amo a Murakami [aunque cada día está menos japonés], amo a Rashomón, a Volto Crank, al té y todas las cosas armables y desarmables, agradables y achicables que producen. Cuando llegó SEDA de Alessandro Baricco a mis manos, la amé y amé a Alessandro Baricco por extensión.

He leído y releído esa novela muchas veces. También leí sus críticas, no siempre positivas. No me importa. La Literatura es eso, provoca, duele, gusta, asquea, motiva, deprime….

De entre todos los signos de la novela, -que son muchos con infinitas interpretaciones-, me gustó el de los pájaros. Siempre han tenido el valor simbólico de libertad, de independencia, de paz, de mensajeros o de seres conectados con el futuro y la adivinación. En esta novela, Baricco, les otorga otra matiz simbólico, muy interesante. En el capítulo veintidós dice:

22.

EN LA MAÑANA del último día, Hervé Joncour salió de su casa y se puso a vagabundear por el pueblo. Encontraba hombres que se inclinaban a su paso y mujeres que, bajando la mirada, le sonreían. Entendió que había llegado a la morada de Hara Kei cuando vio una enorme jaula que custodiaba un número increíble de pájaros de todo tipo: un espectáculo. Hara Kei le había contado que los había hecho traer de todas partes del mundo. Había algunos más costosos que toda la seda que Lavilledieu podía producir en un año. Hervé Joncour se detuvo a mirar aquella magnifica locura. Recordó haber leído en un libro que los hombres orientales, para honrar la fidelidad de sus amantes, no acostumbraban regalarles joyas: sino pájaros refinados y bellísimos.

Hara Kei es un traficante japonés, poderoso, francoparlante. Su palabra es la ley. Joncour un comprador de huevos de gusanos de seda. El japonés, entre sus posesiones más exóticas, guarda a una mujer de rasgos no orientales. Hervé, de pasiones moderadas, la desea como no ha deseado nada nunca. Y entre ellos, una maravillosa jaula de pájaros hermosos. La analogía con la mujer es directa, absoluta, indiscutible. El dueño de los pájaros es el dueño de la mujer que está tan enjaulada como ellos. Los pájaros son el símbolo vivo de la fidelidad. Son una magnífica locura: la fidelidad encarnada en la falta de libertad, en el encadenamiento. Fidelidad entre barrotes, fidelidad que se admira; bella pero mutilada. FIdelidad a la fuerza.

Luego de esta introducción de fidelidad-pájaro-símbolo-poder-deseo, diez breves capítulos más adelante,dice :

32.

LO LLEVARON a una de las últimas casas del pueblo, a espaldas del bosque. Cinco servidores lo esperaban. Les entregó el equipaje y salió a la terraza. En el extremo opuesto del pueblo se vislumbraba el palacio de Hara Kei, apenas un poco más grande que las otras casas, pero circundado por enormes cedros que defendían su soledad. Hervé Joncour se quedó observándolo, como si no hubiera nada más de allí hasta el horizonte. Así vio,

por último,

de improviso,

el cielo sobre el palacio mancharse con el vuelo de cientos de pájaros, como expulsados fuera de la tierra, pájaros de todo tipo, estupefactos, huir por todas partes, enloquecidos, cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas y nube de colores disparada en la luz, y de sonidos, asustados, música en fuga, volando en el cielo.

Hervé Joncour sonrió.

33.

EL PUEBLO comenzó a bullir como un hormiguero, enloquecido: todos corrían y gritaban, miraban hacia arriba y seguían aquellos pájaros fugados, por años orgullo de su Señor y ahora burla voladora en el cielo. Hervé Joncour salió de su casa bajó por él

pueblo, caminando con lentitud y mirando frente a él con una calma infinita. Nadie parecía verlo, y él no parecía ver nada. Era un hilo de oro que corría derecho en la trama de un tapete tejido por un loco. Superó el puente sobre el río, descendió hasta los grandes cedros, entró en su sombra y salió. Frente a él vio la enorme jaula, con las puertas abiertas de par en par, completamente vacía. Y delante de ella, a una mujer. Hervé Joncour no miró en torno, simplemente volvió a caminar, lento, y sólo se detuvo cuando llegó frente a ella.

Súbitamente, los pájaros emprendieron el vuelo, fue luego de que Hervé desobedeciera y volviera, contra toda lógica para verla otra vez. Fue cuando en su cabeza solo repetía la voz de la prostituta de lujo que leyó la nota que la mujer-felina-pájaro le diera: Vuelve o moriré. Y Hervé volvió y los pájaros volaron.

Lo que pasó o no con la mujer ya no interesa en este punto. Interesa la fuerza dramática del fragmento, interesa la gradación de palabras que utiliza para mostrar la afrenta: pirotécnica explosión de alas – nube de colores – música en fuga – pájaros fugados – burla voladora  y agrego: triunfo de la libertad. Aquí, los pájaros vuelven a adquirir su sentido cotidiano, el de la libertad, el del cielo infinito, el despegar. En contraposición con la locura de los pájaros que libres no saben dónde ir, Joncour camina lento, calmadamente, arriesgándolo todo. No piensa. Camina.

La jaula se abrió, al fin, pero quedó vacía. Podría ser un anticipo de lo que sigue luego. Solemos pagar precios así para obtener lo que deseamos. A veces decidir implica pérdida. A veces la libertad, se paga con soledad. Será el lado de la moneda que se quiera mirar. Por ahora, cierro los ojos y veo una vez más, por último y de improviso, mancharse el cielo con el vuelo de miles de maravillosos pájaros gloriosamente infieles y gloriosamente libres.