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miércoles, 6 de octubre de 2010

Parole, parole, parole.

Es extraño el mundo de las palabras…  Usamos las palabras para construir mundos que ayudan a interpretar nuestra realidad. Debe ser una perífrasis humana para salir de nosotros y volver a nosotros pero interpretados. Eso ocurre, por ejemplo, con los cuentos tradicionales, los cuentos que venimos escuchando y contando desde que somos niños.

Se necesita de los cuentos para poder entender el mundo, para poder asirlo, interpretarlo, darle una explicación más racional al cúmulo de hechos que muchas veces nos asfixian. Lo interesante de todo esto es que lo que estructura nuestro pensamiento desde pequeños son invenciones; bellas invenciones, maravillosas mentiras que nos cuentan primero, que leemos después y que contamos con la misma fe con que las escuchábamos.

Recuerdo el primer cuento de mi vida. Transcurría en Mozambique o Singapur o alguna de esas ignotas y lejanas ciudades- Era un mercader que tenía tres hijas y cada una le pedía un regalo que el padre les traería cuando volviera de un viaje. Una pidió perlas, otra no me acuerdo qué y la tercera, la menor y la más amada pidió flores. La cosa es que el comerciante en cuestión conseguía todo menos las flores y se metía en un jardín para cortarlas sin permiso y lo atrapaba el dueño que resultó ser un hombre soltero y solo y debía dejar a su hija a cambio de las flores y al final todos se amaban y terminaban felices. ¿ Conclusión? Amé esa historia con pasión. La leí hasta el cansancio (la tapa del librito barato comprado en un kiosco de diarios era del mismo verde de esta página), hasta que las hojas se rompieron y las perlas de la hermana mayor ya se habían desgastado.  Aprendí sobre el amor, sobre la paciencia, sobre la espera, le di mi primera interpretación a la soledad, reinventé mi idea de la paternidad, supe lo que era la desesperación, conocí la envidia (porque no dije que las hermanas mayores sentían envidia por el amor que el padre profesaba a la más pequeña) y vislumbré el “vivieron felices para siempre”.

Paradójico, no recuerdo el nombre del cuento, no recuerdo el autor, no recuerdo con exactitud ni el lugar en el que transcurrieron los hechos pero sí recuerdo las palabras, esas torpemente leídas primeras palabras llenas de significados nuevos, constructoras de asociaciones, embellecedoras de la realidad.

Después vinieron toneladas de palabras y de historias que llegaron con los años: las buenas, las malas, las prohibidas, las superficiales, las hirientes, las falsas, las cariñosas,las verdaderas, las inútiles, las consoladoras, las irritantes… Todas las palabras llegaron a mi vida y a todas, les di una ubicación de privilegio.

Ahora soy más selectiva con algunas de ellas: les doy el lugar que se merecen pero debo confesar que me siguen fascinando y creo que mientras produzcan eso en mí, aún puedo salvarme.

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