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domingo, 26 de septiembre de 2010

¿Te acuerdas de la gloria de mis alas?...

A veces la vida no es lo que pensamos, a veces nuestros cuerpos nos limitan a una realidad pedestre, terrenal, insulsa.
¿Qué les ocurre, en esos casos, a los que nacieron para volar más alto que los demás mortales? ¿Qué les hace la vida a los que no se adaptan a ella? ¿Cómo se comporta el destino con los que no se ciñen a él? En esos casos, el mundo se encarga de golpear a los desadaptados para modelarlos, a fuerza de angustias.
Entre los que no encajaban en el mundo, entre los que volaban sobre él, está Delmira Agustini. Tan diferente a su época que pocos la conocen.
Tan extraña es su voz que nadie puede creer que se haya criado en el Montevideo de fines del siglo XIX. Una mujer adelantada en varias décadas a lo que los cánones literarios esperaban para la época, que nació antes de tiempo y sin duda murió antes de tiempo. Mucho antes de lo que debería. No alcanzó a llegar a los 30 años cuando el marido, presa de celos, la mató en un hotel en donde se encontraban para rendirse a los actos de amor que los transportaban de la esfera filosófica a los más oscuros de los lupanares. Así era Delimira Agustini: bella y tremenda, erótica e inocente, ingenua y salvaje.
Mientras las mujeres de la época escribían sobre la maternidad, las flores y los pájaros. Delmira se revolcaba en el deseo, se arrastraba por los pantanos de los sentidos, se confundía por infiernos de placeres y surgía blanca y pura como un Tú me quieres blanca de Alfonsina.
Una mujer poeta diferente, pasional, completamente femenina y completamente erótica sin hacer de su género o condición una bandera. Delmira no es feminista; es mujer. Tan simple y tan atroz como eso.
POdría poner muchos poemas de ella, con ese lenguaje de finales del XIX, recargado, con la rima cuidada, con el ritmo perfecto, con la forma tradicional de su pluma.Podría introducir una galería de versos pero me decidí por un poema simple, sencillo, ni siquiera erótico:

LAS ALAS

........

Yo tenía...
¡dos alas!...
Dos alas,
Que del Azur vivían como dos siderales
¡Raíces!...
Dos alas,
Con todos los milagros de la vida, la Muerte
Y la ilusión. Dos alas.
Fulmíneas
Como el velamen de una estrella en fuga;
Dos alas.
Como dos firmamentos
Como tormentas, con clamas y con astros...
¿Te acuerdas de la gloria de mis alas?...
El áureo campaneo
Del ritmo; el inefable
Matiz atesorando
El Iris todo, más un Iris nuevo
Ofuscante y divina, que adorarán las plenas pupilas del Futuro
(¡Las pupilas maduras a toda luz!)... el vuelo...
El vuelo ardiente, devorante y único,
Que largo tiempo etormentó los cielos,
Despertó soles, bólidos, tormentas,
Abrillantó los rayos y los astros;
Y la amplitud: tenían
Calor y sombra para todo el Mundo,
Y hasta incubar un más allá pudieron.
Un día, raramente
Desmayada a la tierra,
Yo me adormí en las felpas profundas de este bosque...
¡Soñé divinas cosas!...
Una sonrisa tuya me despertó, paréceme...
¡Y no siento mis alas!
¿Mis alas?...
—Yo las vi deshacerse entre mis brazos...
¡Era como un deshielo!



Qué precioso poema, qué sencillo, qué dulce sentimiento envuelve mis sentidos cuando sabias palabras se enredan en mi alma... diría un crítico literario de esa época, pero con signos de exclamación, claro...
Yo pienso que es una metáfora de la pérdida. El momento en que debemos poner los pies sobre la tierra y dejar de volar, el instante en que súbitamente descubrimos que somos adultos y tenemos que mantener una fachada. La voz del poema recuerda el momento en el que aún podíamos entregarnos a la pasión sin consecuencias, al ardor devorador que consume y da vida a la vez:
El vuelo ardiente, devorante y único,
Que largo tiempo etormentó los cielos,
Despertó soles, bólidos, tormentas,
Abrillantó los rayos y los astros;
Y la amplitud: tenían
Calor y sombra para todo el Mundo,
Y hasta incubar un más allá pudieron.

Pero luego de ese momento, ya fue hora de aterrizar, de volverse ordinaria, cotidiana, igual a los demás. A vivir la vida gris de la gente gris de una ciudad gris. Fue el momento de crecer y con el crecimiento perder la posibilidad de remontarse en un rayo de luz: fulmíneas como el velamen de una estrella en fuga, decía Delmira y seguramente lloraba mientras lo repetía para convencerse de que había sido libre, de que había nacido diferente, de que había podido volar.
Una Delmira demasiado culta, demasiado lúcida para un siglo que venía muriendo de viejo y para otro que nacía, demasiado joven. Una Delmira que no podría adaptarse a un mundo que no podía entenderla y que le deshizo sus alas, que las trasnformó en agua y en vapor y en nada.
Una Delmira que vivió poco y a la que entendieron, menos. Sin embargo, al final, se salió con la suya: antes de tiempo levantó vuelo y se fue con la gloria de sus alas a cuestas donde no pudieran juzgarla, ni lastimarla...

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