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domingo, 22 de agosto de 2010

Voy a cumplir cuarenta años. Bueno, dentro de dos años. Pero no importa que algunos meses me separen de esa fecha y tampoco importa que 40, 41 o 60 sean lo mismo. Importa el hecho de que será un hito en mi vida. Un momento en el que deberé hacer una retrospección. Algunos creen que me importa que el tiempo pase porque me niego a decir mis años y juego con que el mundo entero es mayor que yo. Es solo un juego que me divierte.
La realidad es que verdaderamente voy a cumplirlos. ¿Qué le pasa a una mujer cuando cumple los 40? Se vuelve más sabia, dicen. Lo dudo, digo. Se vuelve más sexy, dicen también. Lo dudo, también. La verdad es que no sé lo que pasa. Si alguien me lo quiere explicar lo agradeceré. La cosa es que... no sé si quiero saberlo.
Tengo que desmenuzar hechos:
ya no soy joven, pero tampoco vieja.
Ya no me creo nada, pero ansío creérmelo.
Ya no espero nada de nadie, pero cómo me gustaría que me sorprendieran.
Quiero convencerme de que me creo, pero no.
¿Hay que dejar que la vida siga? ¿Hay que amoldarse a ella? ¿Hay que hacer como si nada pasara y cubrir las necesidades básicas del día a día? ´
Son tantas las dudas que tengo y no.
Creo que voy a entrar en una segunda adolescencia. Que los 40 son la adolescencia definitiva, pero la real; más amarga que la anterior porque ya se vivieron todas las desdichas y los desencantos. Se acabó la inocencia. Creo que es eso: los 40 son la madurez de las ilusiones, la muerte definitiva de la inocencia.

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